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atención a la violencia contra la mujer: 01 800 108 40 53
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Las “madres solteras ó madres solas” son la quinta parte de las madres mexicanasCerca de 4.5 millones de "madres solas", de las cuales 4% son solteras, 6.2% separadas, 1.6% divorciadas y 8.5% viudas, además de que·9 de cada 10 madres solas tienen hijos menores de 18 años, ello de acuerdo a estudios publicados por el Consejo Nacional de Población (CONAPO). Sea por viudez (8.5%), divorcio (1.6%), separación (6.2%) o soltería (4.0%), la quinta parte de las más de 24.2 millones de mujeres que tienen hijos vivos son madres solas, de acuerdo con un diagnóstico del Consejo Nacional de Población (CONAPO), basado en el Censo de Población y Vivienda del 2000 Las madres solteras ascienden a cerca de 880 mil mujeres. Alrededor de nueve de cada diez tienen hijos menores de 18 años, y seis de cada diez viven en el hogar de su padre o madre. Casi todas trabajan (71.8%), y aunque tres de cada diez viven en condiciones de pobreza, esta proporción es ligeramente menor al promedio nacional de madres con hijos en el hogar (35.4%). Las madres solas por separación o divorcio suman alrededor de 1.7 millones de mujeres. Seis de cada diez han asumido la jefatura de su hogar, pero muchas de ellas (27.6%) residen con al menos uno de sus padres. Además de desempeñar el rol materno, cerca de siete de cada diez realiza alguna actividad económica. Al igual que las madres solteras, el porcentaje que vive en condiciones de pobreza (29.6%) es menor al que registran las madres viudas y las que se encuentran unidas o casadas. Las mujeres viudas constituyen el grupo más numeroso de las madres solas (1.9 millones). En la gran mayoría de los casos las mujeres asumen la jefatura del hogar por la muerte, separación o divorcio del cónyuge, por lo que en este grupo, el porcentaje de jefas de su hogar asciende a 61.9 por ciento, valor similar al que presentan las madres separadas o divorciadas. Las viudas, en asociación directa con su edad, son las que registran los menores niveles de escolaridad, cerca de siete de cada diez no terminó la primaria o no asistió a la escuela, sólo cerca de la tercera parte trabaja por un ingreso y una de cada dos tiene acceso a seguridad social. En el caso de las mujeres viudas, al igual que para los otros tipos de madres sin cónyuge en el hogar, las redes familiares constituyen un apoyo fundamental. Una de cada tres mujeres viudas reside en el hogar de alguno de sus hijos o hijas, ya que han asumido la jefatura del hogar o son cónyuges del jefe. Las madres casadas o en unión consensual constituyen el grupo más numeroso (17.5 millones). Estas mujeres son en su mayoría cónyuges del jefe (86.9%); sin embargo, el modelo tradicional en el que la madre está dedicada exclusivamente a la atención de su familia no se cumple para poco más de una de cada tres de ellas, quienes también participan en la esfera económica. Las mujeres unidas o casadas se encuentran en condiciones de pobreza en un porcentaje ligeramente superior al que registran las madres solteras, divorciadas o separadas, y similar al de las madres viudas que viven con alguno de sus hijos en el hogar (36.1%). Poco menos de una de cada cinco mujeres de las generaciones jóvenes inicia su primer embarazo siendo soltera. Alrededor de la mitad de ellas establece la unión o el matrimonio antes del nacimiento de su hijo y sólo alrededor de 16 por ciento continúa soltera antes de que su primogénito cumpla cinco años de edad. Por otro lado, la probabilidad de que una mujer se divorcie antes de su décimo aniversario está aumentando: entre los matrimonios ocurridos entre 1987 y 1997 esta probabilidad asciende a 14 por ciento, mientras que entre los mujeres que contrajeron nupcias o iniciaron la unión antes de 1967 esta probabilidad es de 7.4 por ciento. En relación con la viudez, es ampliamente conocido que la gran mayoría de las mujeres sobrevive a sus compañeros, debido a la mayor esperanza de vida de la población femenina. Las madres solteras son en su mayoría mujeres jóvenes, menores de 30 años de edad, mientras que las mujeres separadas y divorciadas concentran los mayores porcentajes entre los 30 y 49 años de edad, y entre las viudas predominan las madres mayores de cincuenta años. Las mujeres que viven en unión libre y las que se casaron sólo por el civil son en un alto porcentaje menores de 35 años, mientras que las casadas sólo por la iglesia o por el civil y la iglesia se concentran en grupos de edades ligeramente mayores. Estos datos revelan que las redes familiares constituyen un apoyo fundamental para las madres solas, principalmente para la mayoría de las solteras, quienes permanecen en el hogar paterno, para un gran número de mujeres separadas o divorciadas que retornan al mismo, y para muchas de las viudas que son acogidas por alguno de sus hijos. Además, la mayoría de las madres solteras, separadas o divorciadas contribuyen al mantenimiento económico de su hogar. [1] Las madres en MéxicoLa transición demográfica ha estado ligada de manera indisoluble al mejoramiento de la condición social de las mujeres. La población femenina logró cruzar durante el siglo XX muy diversas fronteras, de modo que en la actualidad ha hecho suyos muchos territorios que antes le estaban vedados y cuyas dinámicas sociales le resultaban francamente hostiles. No hay duda que a ello contribuyó el notable cambio en las pautas reproductivas, expresado en un menor número de hijos(as) por mujer, en intervalos más espaciados entre nacimientos y en una duración más limitada del tiempo dedicado en sus vidas a la crianza y al cuidado de los hijos(as). Los intentos de las mujeres por acceder a otros espacios, que aún son santuarios exclusivos de los hombres, están indicando los epicentros de las conquistas futuras. El avance de la transición demográfica dependerá en buena medida de una cada vez mayor autonomía, agencia y capacidad de decisión de las mujeres y de la velocidad con la cual sea posible remover los obstáculos que impiden su participación plena en la vida económica, social, política y cultural del país. Los procesos de formación y disolución familiarLa interacción de las pautas de mortalidad, nupcialidad y fecundidad y sus cambios en el tiempo han contribuido a configurar las trayectorias seguidas por los integrantes de diversas generaciones de hombres y mujeres. Debido a que los patrones por edad de cada uno de los eventos relevantes del curso de vida familiar (por ejemplo, matrimonio, divorcio y viudez) han experimentado cambios muy significativos durante las últimas décadas, las personas que pertenecen a las generaciones más recientes reflejan historias de vida familiar relativamente distintas a las experimentadas por las integrantes de las generaciones más antiguas. El matrimonio es una transición clave en la trayectoria de vida familiar de hombres y mujeres y usualmente constituye el punto de partida para la formación de una familia. Este evento es una práctica que alcanza a casi todos los mexicanos. De hecho, antes de cumplir 50 años de edad, alrededor de 95 por ciento de las mujeres se ha casado o unido al menos una vez. Las uniones legalmente constituidas son mayoritarias y su proporción se ha venido incrementando con el paso del tiempo. Esta tendencia ha beneficiado a la mujer, puesto que este tipo de unión supone el compromiso legal del hombre de contribuir a mantener a los hijos, así como el derecho de la mujer tanto a disponer de una parte del patrimonio común en caso de divorcio, como a heredar los bienes si el marido fallece. La edad a la primera unión constituye un indicador relevante de las pautas del proceso de formación familiar, toda vez que su evolución se encuentra ligada a las condiciones del entorno socioeconómico y a los cambios en las mentalidades respecto al matrimonio y a la elección del cónyuge. De acuerdo con la evidencia disponible, las generaciones de mujeres nacidas entre 1927 y 1941 se unían en promedio a los 20 años de edad. A partir de las generaciones nacidas entre 1942 y 1946 se observa un gradual desplazamiento de la edad a la primera unión. Aunque todavía no se cuenta con la experiencia completa de las generaciones más jóvenes, la información disponible sugiere un gradual corrimiento de la edad a la primera unión hacia los 21 o los 22 años. Es sabido que al disminuir la mortalidad y al no existir cambios significativos en los patrones de fecundidad dentro del matrimonio, las descendencias son cada vez más numerosas. Ello es así porque una mayor proporción de hombres y mujeres alcanzan las edades reproductivas y sobreviven durante todo este tramo del curso de vida, en tanto que las uniones disueltas por el fallecimiento de uno de los cónyuges tiende a reducirse. El efecto de la caída de la mortalidad sobre los niveles de fecundidad se pone de manifiesto en la evolución seguida por la descendencia final de las generaciones sucesivas de mujeres nacidas entre 1861 y 1951, la cual aumentó de manera gradual hasta el grupo de generaciones nacidas entre 1932 y 1936. A partir del siguiente grupo de generaciones de mujeres (1937 y 1941) se torna evidente el inicio del descenso de la fecundidad y la difusión gradual de las prácticas orientadas a limitar el tamaño de la descendencia. En el curso de las últimas décadas, la vida familiar también se ha visto afectada por modificaciones notables en las formas de disolución conyugal (viudez, separación y divorcio) y la frecuencia cambiante con la que ocurre cada una de ellas. Por un lado, la mayor longevidad de las personas ha disminuido la probabilidad de que la familia se disuelva tempranamente como consecuencia de la muerte de uno de los cónyuges. Por el otro, el índice de rupturas conyugales se ha incrementado entre las mujeres pertenecientes a las generaciones más recientes, entre las que se casan a edad temprana y entre los primeros años del matrimonio. De esta manera, la viudez ha cedido su lugar a la separación y el divorcio como modalidades predominantes de disolución conyugal. Las tendencias seguidas por la disolución conyugal, sea ésta por causas voluntarias (separación o divorcio) o involuntarias (viudez) inciden en las trayectorias de vida de cónyuges e hijos, dando lugar a formas de vida más complejas y a una gama de arreglos familiares más amplia, entre los que destaca la formación de arreglos residenciales de personas que viven solas o bien de hogares monoparentales, lo que generalmente están encabezados por mujeres. Los problemas que a menudo enfrentan los hogares monoparentales son la falta de recursos, la sobrecarga de trabajo de la mujer y la falta de acceso a servicios institucionales dedicados al cuidado de los hijos menores, característica que afecta también a otros grupos de mujeres. Con fines ilustrativos se describen a continuación algunos cambios relevantes en el curso de vida familiar de las mujeres mexicanas derivados de la evolución de la mortalidad, la nupcialidad y la fecundidad y se examinan brevemente algunas de sus múltiples consecuencias y ramificaciones. Las mujeres que integran cada una de las generaciones pueden ser localizadas en una y sólo una de las trayectorias que se identifican a continuación:
La información disponible permite identificar los cambios más significativos en la distribución de las mujeres pertenecientes a grupos sucesivos de generaciones de acuerdo con las distintas trayectorias de vida. Es posible advertir que un número cada vez mayor de mujeres logró eludir la muerte entre los 15 y los 50 años de edad. Así, mientras que alrededor de 415 por cada mil mujeres nacidas en el periodo 1861-1881 fallecieron en ese tramo de edad, en la generación 1946-1950 sólo lo hicieron 90 de cada mil. De esta manera, el descenso de la mortalidad dio lugar a que un número creciente de mujeres llegara con vida a los 50 años de edad y lograran seguir otras trayectorias. El número de mujeres casadas con hijos a esa edad se incrementó significativamente: de alrededor de 500 por cada mil en la generación 1861-1881 a cerca de 775 entre las nacidas en el periodo 1943-1947. En contraste, el número de mujeres viudas en esas mismas generaciones disminuyó de manera notable: de 240 a 65 mujeres por cada mil supervivientes a los 50 años de edad. Otras trayectorias seguidas por las mujeres de generaciones sucesivas ("solteras", "casadas sin hijos" y "divorciadas o separadas") también registraron cambios importantes. El número de mujeres solteras descendió de 110 a cerca de 60 por mil mujeres sobrevivientes a la edad de 50 años, en tanto que el número de mujeres casadas sin hijos se redujo de 130 a 20 por mil a la misma edad. En contraste, la información disponible permite advertir un continuo aumento en la proporción de mujeres pertenecientes a generaciones sucesivas que experimentan una ruptura marital voluntaria: de 20 a 80 mujeres por cada mil sobrevivientes a la edad de 50 años. Esta información y la que deriva de otras fuentes recientes permite formular las siguientes conclusiones:
Esperanza de vida adulta por estado civilEl conocimiento del número de años que las mujeres viven en promedio en la condición de soltera, en la de casada o unida, en la de divorciada o separada, y en la de viuda, es relevante porque permite evaluar las consecuencias en las trayectorias de vida de las personas que derivan de cambios en las pautas de nupcialidad y la mortalidad, al tiempo que sugiere la necesidad de diseñar y poner en marcha un conjunto de respuestas institucionales dirigidas a atender las necesidades de las mujeres durante tramos específicos de su curso de vida. El análisis de los siguientes dos contextos demográficos permite advertir lo siguiente:
La comparación entre estos dos contextos indica que las mujeres a la edad de 15 años aumentaron su esperanza de vida en cerca de 6.6 años. Esta adición se reflejó en un aumento de casi 4 años en la condición de casada, de 2.3 años en la de soltera y de poco menos de medio año en la de divorciada o separada, así como en una ligera disminución del tiempo vivido en la condición de viuda. Se prevé que de continuar las tendencias observadas, en el año 2005 la esperanza de vida adulta de la población femenina ascenderá a 66 años. Esta cifra podría ser desagregada de la siguiente forma: 13.1 años en la condición de soltera (20 por ciento), 39 años en la de unida o casada (59 por ciento), 10.1 años en la de viuda (15 por ciento) y 3.8 años en la de divorciada (6 por ciento), lo que implicaría 2.1 años adicionales en la condición de soltera y uno más en la de casada, así como pequeños cambios en la de viuda y en la de divorciada o separada con respecto a los niveles observados en 1990-1994. Estas pautas confirman que la mujer mexicana dedica aproximadamente 60 por ciento de su vida adulta a la condición de casada. No obstante el considerable alargamiento en la esperanza de vida, la importancia de la vida en matrimonio no parece haber disminuido ¾en términos proporcionales¾ en el curso de vida de las mujeres, como ha ocurrido en otros contextos. Ello no está reñido con el hecho de que aumente el número de años de vida fuera del matrimonio, en particular el tiempo vivido en la condición de soltera y divorciada y disminuya el periodo de viudez. Estos cambios en la estructura del curso de vida se ven reflejados en los arreglos residenciales, sobre todo en la proporción creciente de mujeres que viven solas y en la formación de hogares monoparentales encabezados por mujeres. El cambio en las pautas reproductivasEl descenso de la fecundidad también ha tenido importantes consecuencias en el curso de vida de las mujeres mexicanas. La difusión inicial de los métodos de regulación de la fecundidad permitió reducir el tamaño de la descendencia. Esta práctica comenzó a efectuarse entre los nacimientos de orden elevado y gradualmente se extendió a las paridades intermedias. De esta manera, el cambio en las pautas reproductivas se expresó sobre todo en una disminución de la proporción de mujeres con paridades elevadas y en un aumento significativo del peso relativo de aquellas con paridades reducidas.
Las modificaciones observadas en el comportamiento reproductivo no sólo han implicado un menor número de hijos, sino también pautas cambiantes en la edad al nacimiento del primer hijo, en los intervalos entre nacimientos y en la duración del proceso de procreación (es decir, el intervalo transcurrido entre el nacimiento del primero y el último hijos), hechos que tienen consecuencias importantes tanto para la dinámica de la formación y expansión familiar, como para las trayectorias de vida de los diferentes miembros de la familia. El efecto combinado de la declinación de la mortalidad, los niveles más bajos de fecundidad y las pautas reproductivas cambiantes también se reflejan en el tiempo de vida en común de madres e hijos, así como en el número de años que las mujeres alguna vez unidas dedican en la vida adulta a la crianza y el cuidado de su descendencia. Por un lado, la caída de la mortalidad tiende a incrementar el número de años con hijos supervivientes, mientras que el descenso de la fecundidad y el cambio en las pautas reproductivas tienden a contrarrestar parte de ese potencial. La información disponible sugiere que, como saldo de estas transformaciones, las mujeres mexicanas dedican cada vez un mayor número de años a vivir en la condición de madre. De hecho, en 1970-1974, las mujeres de 15 años de edad tenían una esperanza de vida en esa condición de alrededor de 42.5 años con hijos sobrevivientes de cualquier edad, mientras que en 1990-1994 este mismo parámetro ascendía a cerca de 47.8 años. Se prevé que para el año 2005 este indicador podría elevarse a 50.2 años. Cabe hacer notar que, como consecuencia del descenso de la fecundidad, una proporción cada vez menor de la esperanza de vida en la condición de madre es vivida por las mujeres con un número relativamente elevado de hijos. Así, en el primer periodo (1970-1974) cerca de 55 por ciento de la esperanza de vida de las mujeres en esa condición transcurría con más de tres hijos supervivientes, mientras que en el segundo (1990-1994) se redujo a 20 por ciento y en el escenario previsto para 2005 a cerca de 3 por ciento. Es decir, el número de años que las mujeres esperan vivir en la condición de madres se ha venido ampliando de manera considerable en las últimas décadas, aunque ese tiempo de vida en común lo disfrutan con un número cada vez más reducido de hijos. Asimismo, el descenso de la mortalidad, la fecundidad y el cambio gradual en las pautas reproductivas no sólo ha significado que se reduzca el tiempo que las mujeres permanecen como madres de al menos un hijo sobreviviente menor de 5 años, sino que también ha disminuido el número de años que dedican en promedio a la crianza y al cuidado simultáneo de dos o más hijos sobrevivientes de esas edades:
En contraste, se estima que la esperanza de vida adulta de las mujeres dedicada a la crianza y el cuidado de los hijos menores de 18 años no sufrió mayores transformaciones entre 1970-1974 y 1990-1994 (de 22.5 a 22 años), aunque sí lo hizo la proporción del tiempo de sus vidas invertido a cuidar dos o más hijos de esas edades (de 67 a 54 por ciento). Se prevé que hacia el 2005 las madres dedicarán en promedio cerca de 20.2 años de sus vidas a vivir en esa condición y alrededor de 43 por ciento de ese lapso a la crianza y al cuidado simultáneo de dos o más hijos de esas edades. Durante el curso de la transición demográfica, la probabilidad de que las mujeres alguna vez unidas tengan al menos un hijo superviviente que les brinde protección y apoyo en la tercera edad tiende a aumentar de manera significativamente. Se estima que en el periodo 1970-1974, 84 por ciento de las mujeres sobrevivientes a los 65 años de edad que tuvieron un solo hijo a lo largo de su vida reproductiva tendrían la oportunidad de verlo con vida a esa edad. Esta proporción se elevó a 93 por ciento en 1990-1994 y se prevé que en el año 2005 alcanzará 96 por ciento. Esto significa que con las condiciones de mortalidad prevalecientes en la actualidad, la supervivencia en común de madres e hijos ha tendido a ampliarse considerablemente, incluso cuando las madres ya han alcanzado edades avanzadas. Madres solteras y madres solasLa modernización de la sociedad mexicana ha traído consigo cambios en los roles femeninos y masculinos tanto en el ámbito doméstico como en el extradoméstico, que han permitido generar condiciones más equitativas para el desarrollo personal de hombres y mujeres. Sin embargo, las implicaciones que estos cambios han tenido sobre las estructuras familiares, como son el surgimiento de modalidades diversas de formación de las parejas, el aumento del embarazo fuera del matrimonio y el incremento de los índices de separación y divorcio, han generado un creciente interés por conocer las condiciones en que las mujeres viven la maternidad y la crianza de sus hijos, en particular las características de las madres que se encuentran solas realizando esta tarea. Las madres solas, en sentido estricto, son aquéllas que se encargan de la crianza y educación de los hijos sin la participación afectiva y económica del padre. Sin embargo, con la información sociodemográfica disponible en el país no es posible reconstruir estadísticamente el universo de madres solas, debido a que la separación o el divorcio, no necesariamente implica que se rompa el vínculo de los padres hacia los hijos, e incluso la vida marital no garantiza que este vínculo exista. En la actualidad las mujeres que han tenido hijos nacidos vivos suman 24.2 millones, de las cuales 24.1 millones cuentan con hijos sobrevivientes. La gran mayoría de estas mujeres (21.9 millones) conviven con al menos uno de sus hijos. Este último grupo está compuesto por mujeres cuya condición civil es muy heterogénea. La mayoría de ellas vive en pareja (79.7%), sin embargo menos de la mitad presenta el modelo tradicional de matrimonio civil y religioso (45.7%). En contraparte, una de cada cinco mujeres que vive con sus hijos son madres solas, que se encuentran solteras (4.0%), separadas (6.2%), divorciadas (1.6%) o viudas (8.5%). Las madres solteras son en su mayoría mujeres jóvenes, menores de 30 años de edad, mientras que las mujeres separadas y divorciadas concentran los mayores porcentajes entre los 30 y 49 años de edad, y entre las viudas predominan las madres mayores de cincuenta años. Las mujeres que viven en unión libre y las que se casaron sólo por el civil son en un alto porcentaje menores de 35 años, mientras que las casadas sólo por la iglesia o por el civil y la iglesia se concentran en grupos de edades ligeramente mayores. Las madres solteras ascienden a cerca de 880 mil mujeres. Alrededor de nueve de cada diez tienen hijos menores de 18 años, y seis de cada diez viven en el hogar de su padre o madre. Casi todas trabajan (71.8%), y aunque tres de cada diez viven en condiciones de pobreza, esta proporción es ligeramente menor al promedio nacional de madres con hijos en el hogar (35.4%). Las madres solas por separación o divorcio suman alrededor de 1.7 millones de mujeres. Seis de cada diez han asumido la jefatura de su hogar, pero muchas de ellas (27.6%) residen con al menos uno de sus padres. Además de desempeñar el rol materno, cerca de siete de cada diez realiza alguna actividad económica. Al igual que las madres solteras, el porcentaje que vive en condiciones de pobreza (29.6%) es menor al que registran las madres viudas y las que se encuentran unidas o casadas. Las mujeres viudas constituyen el grupo más numeroso de las madres solas (1.9 millones). En la gran mayoría de los casos las mujeres asumen la jefatura del hogar por la muerte, separación o divorcio del cónyuge, por lo que en este grupo, el porcentaje de jefas de su hogar asciende a 61.9 por ciento, valor similar al que presentan las madres separadas o divorciadas. Las viudas, en asociación directa con su edad, son las que registran los menores niveles de escolaridad, cerca de siete de cada diez no terminó la primaria o no asistió a la escuela, sólo cerca de la tercera parte trabaja por un ingreso y una de cada dos tiene acceso a seguridad social. En el caso de las mujeres viudas, al igual que para los otros tipos de madres sin cónyuge en el hogar, las redes familiares constituyen un apoyo fundamental. Una de cada tres mujeres viudas reside en el hogar de alguno de sus hijos o hijas, ya que han asumido la jefatura del hogar o son cónyuges del jefe. Las madres casadas o en unión consensual constituyen el grupo más numeroso (17.5 millones). Estas mujeres son en su mayoría cónyuges del jefe (86.9%); sin embargo, el modelo tradicional en el que la madre está dedicada exclusivamente a la atención de su familia no se cumple para poco más de una de cada tres de ellas, quienes también participan en la esfera económica. Las mujeres unidas o casadas se encuentran en condiciones de pobreza en un porcentaje ligeramente superior al que registran las madres solteras, divorciadas o separadas, y similar al de las madres viudas que viven con alguno de sus hijos en el hogar (36.1%). Estos datos revelan que:
Finalmente, ser madre unida o madre sola constituyen condiciones transitorias en la vida de muchas mujeres. Poco menos de una de cada cinco mujeres de las generaciones jóvenes inicia el embarazo de su primer nacimiento siendo soltera. Alrededor de la mitad de ellas establece la unión o el matrimonio antes del nacimiento de su hijo(a) y sólo alrededor de 16 por ciento continúa soltera antes de que su primogénito cumpla cinco años de edad. Por otro lado, la probabilidad de que una mujer se divorcie antes de su décimo aniversario está aumentando: entre los matrimonios ocurridos entre 1987 y 1997 esta probabilidad asciende a 14 por ciento, mientras que entre las mujeres que contrajeron nupcias o iniciaron la unión antes de 1967 esta probabilidad es de 7.4 por ciento. En relación a la viudez, es ampliamente conocido que la gran mayoría de las mujeres sobrevive a sus compañeros, debido a la mayor esperanza de vida de la población femenina. Los hogares encabezados por mujeresLos hogares encabezados por mujeres se ha incrementado rápidamente en el último cuarto de siglo, al pasar de 13.5 por ciento del total en 1976 (es decir, poco menos de uno de cada ocho hogares) a 20.6 por ciento en 2000 (más de uno de cada cinco hogares). Ello significa que en la actualidad el número de unidades domésticas encabezadas por mujeres es de 4.6 millones, cuando en 1990 ascendía a 2.8 millones. La jefatura femenina tiende a crecer con la edad de la mujer. Entre los 15 y 34 años se incrementa lentamente y partir de entonces aumenta con rapidez, alcanzando su mayor ocurrencia a partir de los 65 años. En concordancia con este patrón, puede decirse que la jefatura femenina se asocia generalmente con la ausencia de cónyuge (por soltería viudez, separación o divorcio), lo que contraste con el hecho de que nueve de cada diez jefes varones están unidos o casados. Por esta razón, este tipo de hogar por lo general es de menor tamaño (alrededor de 3.6 miembros por hogar). Sin embargo, llama la atención que poco más de 48 por ciento de los hogares encabezados por mujeres tienen al menos un miembro menor de 15 años de edad, lo que se refleja en un índice de dependencia relativamente alto con respecto a los observados. Los hogares dirigidos por mujeres constituyen ambientes propicios para la incorporación de otros parientes y/o de no parientes. En consecuencia, los arreglos extensos y compuestos son, en términos relativos, más frecuentes de encontrar cuando los hogares están encabezados por una mujer que por un hombre. Por lo general, los hombres encabezan hogares de tipo nuclear (73 por ciento), en tanto que más de la mitad de los hogares que encabezan las mujeres son de tipo no nuclear (casi 57 por ciento). De manera más específica, los hombres encabezan hogares de tipo nuclear conyugal en su gran mayoría (alrededor de 64 por ciento nucleares), además de hogares nucleares donde vive únicamente la pareja (8 por ciento). Las mujeres, por el contrario, suelen asumir la jefatura de un hogar cuando el cónyuge está ausente, predominando los hogares monoparentales nucleares y extensos (36 y 19 por ciento, respectivamente) y los arreglos donde la jefa vive sola (poco más de 15 por ciento) o con otros parientes (casi 17 por ciento). Asimismo, la jefatura femenina parece ser una condición estrechamente vinculada con contextos urbanos, ya que en ellos residen ocho de cada diez jefas. Poco más de la mitad de las jefas no tiene escolaridad alguna o no terminó la primaria, en tanto que entre los hombres jefes de hogar es de 37 por ciento. Por el contrario, mientras que sólo 30 por ciento de las jefas de hogar cuentan con al menos un grado de secundaria, alrededor de 44 por ciento de los hombres se encuentran en la misma situación. Las jefas de hogar exhiben tasas de participación en la actividad económica relativamente elevadas, principalmente entre los 25 y 49 años de edad, aunque los ingresos que reciben son alrededor de 20 por ciento inferiores a las de los varones. En concordancia con esta característica, una rasgo relevante de los hogares con jefatura femenina consiste en que poco más de la mitad de ellos cuenta con bajos ingresos, lo que a menudo contribuye a propiciar la incorporación de los menores de edad a la actividad económica. Más aún, las mujeres jefas de hogar constituyen a menudo el único adulto en el hogar, lo que las obliga a asumir tanto el papel de proveedora, como del cuidado y la crianza de los hijos y de otras tareas propias del ámbito doméstico, con la consiguiente sobrecarga de trabajo. La creciente responsabilidad económica femeninaLas tres últimas décadas han presenciado el aumento notable del número de hogares que cuentan con la contribución económica de las mujeres. En la actualidad, como consecuencia de la creciente participación de la mujer en la actividad económica extra-doméstica, poco más de la mitad de los hogares mexicanos (11.6 millones) recibe contribuciones económicas de uno o más de sus integrantes del sexo femenino (como única perceptora, como perceptora principal o como perceptora secundaria). Del conjunto de hogares que se encuentran en esta situación, en casi la mitad de ellos (5.6 millones) la mujer es la contribuyente única o la contribuyente principal de los ingresos hogareños. Ello revela que en los hogares mexicanos se están produciendo cambios en los papeles o roles de sus miembros, en particular los asignados tradicionalmente a hombres y mujeres, lo que tiende a cuestionar cada vez más las figuras que predominaban en el pasado de esposo-padre-proveedor-único de los medios económicos y la de esposa-madre-ama de casa. El aumento en el nivel educativo de las mujeres, su creciente incorporación a la actividad económica y su mayor participación en la generación de los recursos monetarios del hogar, así como la pérdida gradual en la capacidad del hombre como proveedor único, en un contexto de deterioro del poder adquisitivo de los ingresos, son factores que han favorecido relaciones más equitativas entre hombres y mujeres en el seno del hogar y un mayor grado de influencia de las mujeres en las decisiones familiares. Sin embargo, la distribución de tareas y responsabilidades domésticas sigue recayendo predominantemente sobre las mujeres, lo que a menudo se refleja en una sobrecarga que adopta la forma de la doble o triple jornada laboral. Asimismo, existen evidencias de que las mujeres a menudo enfrentan conflictos y violencia intra-familiar cuando intentan modificar la división del trabajo doméstico y los patrones de conducta tradicionales de sus cónyuges. No obstante estos cambios, se advierte la perdurabilidad de un número significativo de hogares cuyos miembros viven en condiciones sumamente adversas. Este rasgo, característico del México contemporáneo, se expresa en una proporción significativa de los hogares que carece de los ingresos mínimos indispensables para acceder a una canasta básica. De acuerdo con los datos censales, poco más de 40 por ciento de los hogares no reciben ingresos por concepto de trabajo o bien reciben menos de dos salarios mínimos. Estos contextos hogareños son sumamente propicios para la transmisión intergeneracional de la pobreza. Una proporción adicional de los hogares mexicanos pueden ser considerados vulnerables debido a que disponen de menores recursos y opciones para enfrentar y superar los efectos de cambiantes circunstancias económicas o las que se originan en el propio ámbito familiar. La emergencia y superposición de diferentes tipos de vulnerabilidad, incluidas las de origen sociodemográfico, están contribuyendo a atrapar a grupos, hogares y personas en una situación de pobreza y a gestar las condiciones para reproducirla de una generación a otra. Estas vulnerabilidades involucran diversas propensiones y riesgos y forman una telaraña de desventajas múltiples que debilitan la capacidad de los hogares de desarrollar estrategias tanto de formación y utilización del capital humano, como de acumulación y movilización de activos para hacer frente a cambios en la estructura de oportunidades o al surgimiento de situaciones adversas en el ámbito doméstico. Este puede ser el caso, por ejemplo, de los hogares con las siguientes características: unidades domésticas encabezadas por mujeres que cuentan entre sus miembros con menores dependientes de 15 años de edad (alrededor de 1.2 millones de unidades domésticas carecen de ingresos suficientes); los hogares encabezados por adolescentes y jóvenes (alrededor de medio millón de unidades domésticas cuentan con muy escasos recursos) y los hogares formados únicamente por adultos mayores (alrededor de 650 mil hogares viven con ingresos muy reducidos), entre otros segmentos que se encuentran en situaciones apremiantes y viven una sensación creciente de riesgo, inseguridad e indefensión.[2]
[1] Consejo Nacional de Población - CONAPO. (2002). “Son la quinta parte de las madres mexicanas”, [documento htm), CONAPO, http://www.conapo.gob.mx/prensa/2002/2002may01.htm [2] Consejo Nacional de Población - CONAPO. (2002). “Las madres en México”, [documento html), CONAPO, http://www.conapo.gob.mx/prensa/2002/2002may02.htm |
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