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Dimensiones de la pobreza y
políticas desde una perspectiva de género
Irma Arraigada1
Tema: Comunicación. Parte 1 / 2
Publicado en la Revista de la
CEPAL 85. Abril 2006
http://www.eclac.org/revista/
En este artículo
se sostiene que la pobreza tiene carácter multidimensional y que
el modo como se la define determina tanto las formas de medirla
como las políticas para superarla. Tras pasar revista a
diferentes definiciones, se señala que hay cierto consenso en
que la pobreza es la privación de los activos y oportunidades
esenciales a los que tienen derecho todos los seres humanos; se
examinan conceptos relacionados con la pobreza, como los de
vulnerabilidad, desigualdad, marginalidad, exclusión y
discriminación, y se analizan las formas específicas que
adquiere la pobreza desde una perspectiva de género. Enseguida,
se examina el vínculo entre las definiciones de pobreza y las
políticas que se implementan; se relacionan las políticas para
enfrentar la pobreza y las políticas de género, y se elabora una
tipología que distingue cuatro tipos de políticas con diversos
despliegues de acciones, proyectos y programas concebidos para
disminuir la pobreza de género.
I. Introducción
Actualmente
se reconoce que la pobreza y la desigualdad son fenómenos que
aumentan y no han sido superados en la región latinoamericana:
"la pobreza y la desigualdad social siguen siendo objetivos
esquivos de nuestro desarrollo y han sido duramente golpeados en
los últimos años por nuestra vulnerabilidad macroeconómica"
(Ocampo, 2002).
Los procesos de pobreza son aspectos de
fenómenos más amplios que se relacionan con los modelos y las
estrategias de desarrollo puestos en marcha. Estos modelos y
estrategias delimitan las opciones de apertura comercial y
financiera, las políticas macroeconómicas y mesoeconómicas que
son mediadas por instituciones, las normas y prácticas que en
conjunto definen el acceso de los individuos y sus familias al
uso y control de los recursos y, específicamente, el acceso al
mercado laboral y a los ingresos. Al tradicional rezago
latinoamericano en materia de pobreza y distribución de ingresos
se agrega el empobrecimiento reciente de grandes sectores medios
de la población latinoamericana a raíz de las crisis económicas
que afectaron a la región, y con especial fuerza a algunos
países, en el decenio de 1990. Además, existen evidencias
acumuladas de que los efectos de estas crisis han perjudicado de
diferente manera a hombres y mujeres (CEPAL, 2003 y 2004b).
Se ha llegado a cierto consenso en que la
pobreza es la privación de activos y oportunidades esenciales a
los que tienen derecho todos los seres humanos. La pobreza está
relacionada con el acceso desigual y limitado a los recursos
productivos y con la escasa participación en las instituciones
sociales y políticas. Deriva de un acceso restrictivo a la
propiedad, de bajos ingreso y consumo, de limitadas
oportunidades sociales, políticas y laborales, de insuficientes
logros educativos, en salud, en nutrición, en acceso, uso y
control en materia de recursos naturales, y en otras áreas del
desarrollo. Según Amartya Sen y su enfoque de las capacidades y
realizaciones, una persona es pobre si carece de los recursos
necesarios para llevar a cabo un cierto mínimo de actividades
(Sen, 1992a y 1992b). Desai, citado en Control Ciudadano (1997),
propone cinco capacidades básicas y necesarias: la capacidad de
permanecer vivo y de disfrutar de una vida larga; la capacidad
de asegurar la reproducción intergeneracional biológica y
cultural; la capacidad de disfrutar de una vida saludable; la
capacidad de interacción social (capital social) y la capacidad
de tener conocimiento y libertad de expresión y pensamiento. De
esta forma, la pobreza se enlaza con los derechos de las
personas a una vida digna y que cubra sus necesidades básicas,
es decir, con los denominados derechos económicos, sociales y
culturales.
Asimismo, se sostiene que la pobreza es de
naturaleza compleja, relacional y multidimensional. Las causas y
características de la pobreza difieren de un país a otro y la
interpretación de la naturaleza precisa de la pobreza depende de
factores culturales, como los de género, raza y etnia, así como
del contexto económico, social e histórico.
Este trabajo examina diversas concepciones de la
pobreza y sus connotaciones desde una perspectiva de género;
analiza brevemente las políticas orientadas a enfrentar la
pobreza, y finalmente elabora una tipología que relaciona tales
políticas con las que apuntan a la equidad de género.
II. Las dimensiones múltiples de la pobreza
Hace más de dos décadas la CEPAL definía la
pobreza como "un síndrome situacional en el que se asocian el infraconsumo, la desnutrición, las precarias condiciones de
vivienda, los bajos niveles educacionales, las malas condiciones
sanitarias, una inserción inestable en el aparato productivo,
actitudes de desaliento y anomia, poca participación en los
mecanismos de integración social, y quizá la adscripción a una
escala particular de valores, diferenciada en alguna medida de
la del resto de la sociedad" (Altimir, 1979). En esta primera
definición surgen elementos que dan cuenta de las múltiples
dimensiones a las que la pobreza alude: aspectos relativos a
alimentación, vivienda, educación, salud, inserción en el
mercado laboral y participación social, así como a otros de
carácter subjetivo y simbólico y que definen también áreas
diversas para la intervención de las políticas sociales.
El concepto de pobreza se ha elaborado y la
pobreza se ha medido en función de carencias o necesidades
básicas insatisfechas, utilizando indicadores como la ingesta de
alimentos, el nivel de ingresos, el acceso a la salud, la
educación y la vivienda. La CEPAL ha desarrollado una
metodología para medir la pobreza sobre la base del costo de
satisfacer las necesidades básicas, mediante el trazado de
líneas de pobreza definidas en términos de consumo o ingreso.
Este método indirecto centra las mediciones en las carencias
materiales. Tiene la ventaja de que permite establecer
comparaciones internacionales y efectuar una buena aproximación
a la capacidad de consumo de los hogares. Según las últimas
mediciones de la CEPAL para 2002, ese año vivía en la pobreza el
44% de la población latinoamericana, porcentaje que significa
221 millones de personas, de las cuales alrededor de 97 millones
eran indigentes. Para 2004 se proyecta una leve disminución en
los porcentajes: la pobreza afectaría a 42,9% de la población
latinoamericana y la indigencia a 18,6% de ella, de modo que 222
millones de personas se encontrarían en situación de pobreza y
96 millones en la indigencia (CEPAL, 2003 y 2004b).
Sin embargo, el método basado en el ingreso no
considera que el nivel de vida del hogar depende en parte del
patrimonio acumulado ni que la distribución interna de los
recursos obtenidos es desigual entre miembros de distinto sexo y
edad. Además, el ingreso es una variable difícil de medir, ya
que adolece de subregistros sistemáticos y presenta proporciones
significativas de no respuesta. Más aún, al considerar
exclusivamente ingresos corrientes en efectivo, no toma en
cuenta los recursos acumulados (patrimonio) del hogar, las
transferencias indirectas y subsidios del Estado en especie
(servicios de salud y educación, por ejemplo). Además, con
frecuencia las líneas de pobreza cortan intervalos modales de la
distribución del ingreso, en los cuales se concentra mayor
número de personas. En estas condiciones, las mediciones de la
pobreza tienden a ser muy sensibles a cambios causados por
situaciones coyunturales (incrementos de la inflación o el
desempleo, por ejemplo), mostrando aumentos o disminuciones
drásticas en la incidencia de la pobreza (Martínez, 2002).
En la actualidad se está tratando de incorporar
en las mediciones aspectos no materiales de la pobreza,
relacionados con la ampliación y fortalecimiento del capital
social de la población pobre por medio de su participación en
las redes sociales de intercambio: educación, trabajo,
información, poder político. Este mejoramiento de los niveles de
participación de la población pobre acrecienta la cultura
democrática y solidaria en la sociedad, y el tiempo libre del
que pueden disponer las personas para el descanso y la
recreación también representa un bien valioso en situaciones en
que la dificultad de generar recursos para la supervivencia
lleva a alargar la jornada laboral. En suma, se han identificado
seis fuentes de bienestar de las personas y hogares: i) el
ingreso; ii) los derechos de acceso a servicios o bienes
gubernamentales gratuitos o subsidiados; iii) la propiedad o
derechos sobre activos para uso o consumo básico (patrimonio
básico acumulado); iv) los niveles educativos, con las
habilidades y destrezas como expresiones de la capacidad de
hacer y entender; v) el tiempo disponible para la educación, el
ocio y la recreación, y vi) las dimensiones que en conjunto
fortalecen la autonomía de las personas. De esta forma, la
pobreza queda definida en su versión más amplia por los ingresos
bajos o nulos; la falta de acceso a bienes y servicios provistos
por el Estado, como seguridad social y salud, entre otros; la no
propiedad de una vivienda y otro tipo de patrimonio; nulos o
bajos niveles educativos y de capacitación, y la carencia de
tiempo libre para actividades educativas, de recreación y
descanso, todo lo cual se expresa en falta de autonomía y en
redes familiares y sociales inexistentes o limitadas. Sin duda
que al aumentar el número de dimensiones incluidas en el
concepto de pobreza se diluye la especificidad de este concepto
y su medición se vuelve más compleja.
Como vemos en el gráfico 1, cada vez más se
incorporan aspectos no materiales que se relacionan con el
bienestar de las personas y otros de carácter más cualitativo,
como los vinculados a la vulnerabilidad, la inseguridad y la
exclusión social. Por otra parte, la visión que tienen los
pobres de su propia situación y la concepción de la pobreza en
las distintas culturas nacionales y locales han ido adquiriendo
progresivamente mayor peso como variables de análisis. La
fundamental es que existiría un conjunto de aspectos que no son
fáciles de medir en términos cuantitativos y monetarios, que
influyen fuertemente en la condición de pobreza: son variables
vinculadas a componentes sicosociales y culturales, y a
dimensiones normativas, institucionales y cognitivas. Además,
desde la filosofía se ha hecho hincapié en los aspectos éticos
de la pobreza, en hacer compatibles ciertos principios de
igualdad y libertad con los criterios de distribución, así como
con los derechos de los pobres y con el respeto a sus
preferencias (Dieterlen, 2003).
Gráfico 1 Pirámide de los conceptos de pobreza

Fuente: Elaborado sobre la base
de Baulch (1996) y UNIFEM (2000).
CP= consumo privado; RPF= recursos de
propiedad individual y familiar;
SPE= servicios y bienes provistos por el Estado; DD= dignidad y derechos;
TL= tiempo libre.
Poner a la pobreza en el centro de la
preocupación de las políticas públicas puede influir fuertemente
en las posibilidades de superarla, porque puede cambiar la
amplitud y naturaleza de las relaciones entre los sectores
pobres y aquellos que no lo son: en suma, puede modificar la
amplitud de las redes sociales y el grado de asociatividad
existente entre familias y grupos con capital social de unión (bonding
social capital), capital social de puente entre grupos similares
(bridging social capital) y capital social de escalera, entre
grupos con distinto acceso a los recursos económicos, sociales y
simbólicos (linking social capital).2
Significa hacer hincapié en el papel de las relaciones
sociales de confianza, reciprocidad y cooperación, en la
sustentabilidad de iniciativas comunitarias y de diversas
estrategias de vida para mitigar los efectos de la pobreza. El
concepto de capital social, si bien en un comienzo se utilizó
para denotar la capacidad de los grupos desposeídos para
reaccionar frente a las crisis económicas, a las "fallas del
mercado" y a los efectos de la desigualdad económica, el debate
en curso ha permitido también analizar lo que ha contribuido a
perpetuar la exclusión social y la reproducción de la pobreza.
En el ámbito de la intervención estatal se estima que la
promoción del capital social en las estrategias de desarrollo
permitirá que los actores tengan mayores niveles de
participación y protagonismo en la solución de sus problemas
(Arriagada, I., Miranda y Pavez, 2004).
En síntesis, se podría decir que hay ciertas
dimensiones básicas de la pobreza que deberán considerarse para
una adecuada intervención de las políticas públicas:
Dimensión sectorial: educación,
empleo, salud, ingresos e inserción laboral, vivienda.
Factores adscritos: el género, la raza y la etnia que cruzan
las dimensiones sectoriales. También se debe considerar la
edad y el ciclo de vida de las personas.
Dimensiones territoriales: Para
contribuir a la superación de la pobreza hay que trabajar a
partir de las iniciativas y potencialidades existentes en
los sectores pobres (capital social) y en el entorno donde
ellos residen o trabajan (Raczynski, 2003).
Dimensión familiar: es preciso tener
en cuenta la etapa y el ciclo de vida familiar en que se
hallan las personas, así como los intercambios económicos y
la distribución del trabajo al interior de la familia. Esto
podría indicar que algunos miembros de hogares no pobres
(por ejemplo, mujeres sin ingresos propios) podrían ser
consideradas pobres de la misma forma que hombres de hogares
pobres podrían no serlo si la distribución de recursos al
interior del hogar es inequitativa y ellos conservan para su
propia disposición la mayor parte de sus ingresos.
1. La pobreza desde una perspectiva de género
La pobreza vista desde la perspectiva de género
plantea que las mujeres son pobres por razones de discriminación
de género. El carácter subordinado de la participación de las
mujeres en la sociedad, por ejemplo, limita sus posibilidades de
acceder a la propiedad y al control de los recursos económicos,
sociales y políticos. Su recurso económico fundamental es el
trabajo remunerado, al cual acceden en condiciones de mucha
desigualdad, dada la actual división del trabajo por género en
que las mujeres asumen el trabajo doméstico y el cuidado de los
hijos de manera casi exclusiva, y la persistencia de formas
tradicionales y nuevas de discriminación para el ingreso y
permanencia de las mujeres en el mercado laboral. Si bien la
situación en América Latina no es similar para el conjunto de
mujeres, en ningún país se logra el mismo ingreso por igual
trabajo entre hombres y mujeres: la existencia de una gran
segmentación ocupacional, tanto vertical como horizontal, hace
que las mujeres no ocupen los mismos puestos de trabajo ni
accedan a los niveles superiores de las ocupaciones a la par con
los hombres. A ello se yuxtaponen visiones esencialistas que
atribuyen a las mujeres características que las colocan en
situación de inferioridad ante los hombres, ligando su potencial
reproductivo con la atribución de las tareas reproductivas.
Kabeer (1998a) señala que la pobreza puede ser
vista de doble manera: como privación de la posibilidad de
satisfacer necesidades básicas y como privación de los medios
para satisfacerlas. Las mujeres son pobres en la medida en que
no cuentan con tiempo disponible para buscar las formas más
apropiadas de satisfacer sus necesidades, y una proporción
importante de ellas carece de ingresos propios.
Así, en el caso de las mujeres, además de medir
la pobreza en términos de ingresos adquiere relevancia medir la
pobreza en términos de tiempo. Para conocer la dinámica de la
pobreza es preciso analizar el concepto de tiempo, sobre todo
porque parte importante del trabajo de las mujeres —el trabajo
doméstico— no es valorizado monetariamente, pero sí puede
medirse en términos de tiempo. Diversos estudios (en especial
las encuestas de uso de tiempo) han mostrado que la jornada
femenina es más larga que la masculina si en ella se incluye el
trabajo doméstico no remunerado que realizan todas las mujeres
en sus hogares.3
Asimismo, la creciente incorporación de las mujeres al mercado
de trabajo no ha significado una incorporación paralela de los
hombres a las actividades domésticas y de cuidado: de los hijos,
de los ancianos, de otros familiares y de los enfermos.
Por lo demás, las formas tradicionales de
medición de la pobreza, que privilegian el ingreso familiar,
tiempo que hacen hombres, mujeres, jóvenes, niños/as y
adultos/as mayores. Para realizar esta medición se requiere un
análisis dinámico de la pobreza y de las formas en que esta
aumenta o disminuye a lo largo del ciclo de vida familiar.
En lo que se refiere al trabajo en el mercado
laboral, existen cuatro formas de exclusión que afectan de
manera más severa a las mujeres: i) el desempleo; ii) las formas
precarias de inserción laboral; iii) las formas de trabajo no
remuneradas y iv) la exclusión de las oportunidades para
desarrollar sus potencialidades. A estas formas de exclusión se
agregan las desigualdades en las ocupaciones a las que acceden
(segmentación ocupacional horizontal y vertical) y la
discriminación salarial en el mercado del trabajo.
En síntesis, para analizar la pobreza desde una
perspectiva de género hay que hacer visibles diversas relaciones
de poder, como las ligadas a las exclusiones, desigualdades y
discriminaciones de género en el mercado laboral, el reparto
desigual del trabajo no remunerado, el ejercicio de la violencia
física y simbólica en contra de la mujer y el diferente uso del
tiempo de hombres y mujeres.
2. Aspectos relacionales de la pobreza
En América Latina la relación entre pobreza y
desigualdad es de larga data. La evolución de ambos fenómenos en
las últimas décadas ha sido desigual: aunque se ha logrado
disminuir la proporción de población pobre e indigente, han
persistido los niveles de desigualdad en el ingreso regional. La
concentración del ingreso es una variable que incide
directamente en los plazos en que sea posible superar la pobreza
(PNUD, 1997). "La desigualdad (entendida como el grado de
concentración y polarización de la distribución del ingreso
urbano según grupos de la población), aun cuando constituye una
problemática más amplia que la pobreza, constituye en el caso de
América Latina un referente complementario obligado, puesto que
tiene determinantes comunes y marca, además, tanto los niveles
de crecimiento económico y gasto social requeridos para la
erradicación de la pobreza urbana como los plazos en que puede
aventurarse el logro de dicho objetivo en los distintos países"
(Arriagada, C., 2000). Se estima que en América Latina, entre
1990 y 2002, ha aumentado la desigualdad en la distribución de
los ingresos —medida por el coeficiente de Gini—, debido
principalmente a la elevada proporción de ingresos que concentra
el decil de hogares de ingresos más altos (CEPAL, 2004b).
Asimismo, es preciso destacar la interrelación
del concepto de pobreza con los de distribución, exclusión,
vulnerabilidad, discriminación y marginalidad, por citar
algunos. Cuando el concepto de pobreza se define por sus
dimensiones más amplias, los conceptos de exclusión y
desigualdad tienden a ser incluidos en él, aun cuando es posible
diferenciarlos analíticamente. Sin embargo, la distinción es
importante puesto que el enfoque escogido definirá políticas y
programas diferentes para enfrentar el fenómeno (cuadro 1).
Cuadro 1. Conceptos y dimensiones
relacionados con la pobreza
|
Conceptos |
Dimensiones |
|
Marginalidad |
Contexto geográfico y ecológico
Marginalidad económica, laboral y educativa
Contingente de reserva de mano de obra |
|
Vulnerabilidad |
Inseguridad y riesgos frente a la crisis
Incapacidad de respuesta
Inhabilidad de adaptación
Grupos objetivo y sus activos |
|
Desigualdad |
Dotación de recursos desiguales
Justicia y equidad
Reglas y normas de distribución de los recursos |
|
Exclusión |
Quiebre de vínculos sociales, comunitarios e
individuales con el sistema
Énfasis en los procesos y su causalidad múltiple
Interrelación de aspectos de la pobreza
Dimensión relacional
Institucional |
|
Discriminación de genero, de etnia y
raza |
Mecanismos implícitos o explícitos de discriminación
por sexo/etnia
Atribución cultural de la desigualdad de
género/etnia
Diferente asignación de recursos
Construcción cultural que justifica la
discriminación
División discriminatoria del trabajo doméstica,
social y comunitario
|
Fuente: Elaboración de la autora
En esta línea y desde un enfoque de género cabe
citar las siete desigualdades específicas por género mencionadas
por Amartya Sen: i) desigualdad en la mortalidad, referida a que
en ciertas partes del mundo (el norte de África, Asia incluida
China y el sudeste asiático) hay un índice desproporcionadamente
alto de mortalidad femenina; ii) desigualdad en la natalidad
cuando los padres prefieren hijos varones y se efectúan abortos
selectivos de fetos de sexo femenino; iii) desigualdad de
oportunidades básicas (prohibición o inequidad de acceso a la
educación y salud básicas, al desarrollo de talentos personales
o a funciones sociales en la comunidad, entre otras); iv)
desigualdad de oportunidades especiales (dificultades o
prohibiciones de acceso a la educación superior); v) desigualdad
profesional en el acceso al mercado de trabajo y a puestos de
nivel superior; vi) desigualdad en el acceso a la propiedad de
bienes y tierras, y vii) desigualdad en el hogar, reflejada en
la división del trabajo por género, donde las mujeres tienen a
su cargo el trabajo doméstico de manera exclusiva (Sen, 2002).
Asimismo, en el análisis de la pobreza no se puede ignorar el
patrón medio de bienestar de la sociedad porque es este estándar
el que establece las condiciones de integración, sin las cuales
no hay ciudadanía.
El concepto de marginalidad surgió en el decenio
de 1960 en América Latina para denotar a los grupos
poblacionales que migran del campo y rodean las principales
metrópolis latinoamericanas con un cinturón de pobreza. Según
Nun y Marín (1968), la marginalidad se define como un proceso
estructural de formación de proletariado, de nuevos pobres, y de
constitución de clases sociales. La población marginal pasó a
ser caracterizada como carente de infraestructura, de
oportunidades educacionales y de empleo, constituyendo un
ejército de reserva de mano de obra, funcional para la economía
porque su presión por puestos de trabajo tendería a hacer bajar
los salarios de los obreros.
La noción de vulnerabilidad se relaciona con dos
dimensiones: una externa y objetiva, que se refiere a los
riesgos externos a los que puede estar expuesta una persona,
familia o grupo (mayor inestabilidad de los ingresos familiares,
aumento de la precariedad en el mercado de trabajo reflejado en
porcentajes crecientes de personas empleadas con contratos no
permanentes, a tiempo parcial, sin contratos y sin seguridad
social); y otra dimensión interna y subjetiva, que se refiere a
la falta de recursos para enfrentar esos riesgos sin sufrir
ciertas pérdidas. Este enfoque integra tres dimensiones
centrales: los activos (físicos, financieros, de capital humano
y social) que poseen individuos y comunidades; las estrategias
de uso de esos activos, y el conjunto de oportunidades que
ofrecen los mercados, el Estado y la sociedad (Moser, 1996).
El concepto de exclusión social, si bien surgió
del debate europeo, tiene amplia aplicación en la región
latinoamericana y específicamente frente a las nuevas
situaciones de pobreza y exclusión provocadas por las crisis. La
exclusión social se refiere a dos dimensiones: la falta de lazos
sociales que vinculen al individuo con la familia, la comunidad
y más globalmente con la sociedad, y la carencia de derechos
básicos de ciudadanía. Lo que diferencia el concepto de
exclusión social del de pobreza es que el primero se refiere a
las relaciones entre aspectos de la pobreza. Los elementos de
proceso que están incorporados en el debate sobre la exclusión
son interesantes de considerar en la medida en que se relacionan
los diversos mecanismos y tipos de exclusiones: de carácter
institucional, social, cultural y territorial. Los lazos que
unen al individuo con la sociedad pueden ser catalogados en tres
niveles: los de tipo funcional, que permiten la integración del
individuo al funcionamiento del sistema (mercado de trabajo,
instituciones de seguridad social, legalidad vigente, etc.); los
de tipo social, que incorporan al individuo en grupos y redes
sociales (familia, grupos primarios, sindicatos, etc.), y los de
tipo cultural, que posibilitan que los individuos se integren a
las pautas de conducta y entendimiento de la sociedad
(participación en las normas y creencias socialmente aceptadas).
También puede existir exclusión espacial, vinculada al
territorio y la ubicación geográfica.
La discriminación por motivos de género y etnia
parte con la atribución a las personas de ciertas
características de personalidad y comportamiento en razón de su
sexo o del color de su piel o de otros rasgos físicos. Se basa
en el esencialismo, al relacionar el sexo y los rasgos físicos
externos de las personas con características socialmente
construidas que segregan a estos grupos.
En términos analíticos y para los efectos de
elaborar una adecuada política antipobreza es necesario
distinguir entre:
Factores de diferenciación de la pobreza, como
etnia, género y generaciones, nivel educativo y ocupacional
alcanzado y zona de residencia, entre otros.
Factores de reproducción de las causas de la
pobreza (transmisión intergeneracional) que se relacionan con el
ciclo de vida de la persona y el ciclo de vida de la familia y
con el acceso a la propiedad, al patrimonio y a los recursos
económicos sociales y simbólicos.
Consecuencias de la pobreza en lo que se refiere
a pérdida de oportunidades y de bienestar y a reforzamiento de
la desigualdad. El carácter multidimensional de la pobreza
obliga a que al enfocarla se tome en cuenta la diversidad de las
causas que generan privación, mientras que la heterogeneidad de
la pobreza destaca la importancia de reconocer las diferentes
manifestaciones de ella. En esta perspectiva, para formular las
políticas sociales destinadas a combatirla es esencial
identificar las principales fuentes de la pobreza y la
heterogeneidad de sus manifestaciones en distintos grupos o
países.
3. La pobreza como proceso y no como un
estado de situación
Un elemento que suele olvidarse en los análisis
de la pobreza y especialmente en las políticas sociales
diseñadas para erradicarla, es que la pobreza es un estado de
situación que en ciertos casos se mantiene en el tiempo (pobreza
estructural, pobreza dura) pero que en muchos otros varía. En
los análisis tiende a vérsela como una situación estática en el
tiempo. Sin embargo, la situación de pobreza puede alterarse en
poco tiempo, especialmente en relación con el desempleo/ empleo,
así como con los impactos de crisis económicas que pueden
traducirse, entre otras cosas, en devaluación de la moneda
nacional. La precariedad permanente de la situación de algunas
personas, especialmente de aquéllas con menor educación y
calificación, junto con nuevas formas laborales que significan
inestabilidad y alta rotación en los puestos de trabajo, aumenta
la vulnerabilidad ante quiebres de ingresos por desempleo.
Asimismo, hay otros procesos de quiebres de ingreso que se
enlazan con problemas de salud, de vejez, de disminución del
ingreso debido a jubilación y retiro del mercado de trabajo, y
de separación y divorcio, especialmente en el caso de mujeres
cónyuges que carecen de ingresos propios.
Vemos así que comprender la dinámica de la
pobreza tiene importancia crucial para establecer quienes entre
los pobres pueden salir de ella, y quienes están más propensos a
caer en ella debido a problemas de salud, desempleo, divorcio
y/o ausencia de pareja, entre otros factores.
Las contribuciones realizadas desde el análisis
de género para comprender mejor la pobreza apuntan a lo
siguiente: i) ponen de relieve la heterogeneidad de la pobreza
y, por lo tanto, ayudan a comprenderla mejor y a ajustar más las
políticas para erradicarla; ii) permiten una nueva mirada que
relaciona el comportamiento de hombres y mujeres; iii) mejoran
el análisis del hogar, destacando en especial las asimetrías de
poder, tanto de género como generacionales, en su interior; iv)
aportan una perspectiva multidimensional de la pobreza, con el
análisis de los múltiples roles desempeñados por hombres y
mujeres; v) permiten apreciar otras discriminaciones que se
combinan con las de género, como las vinculadas a edad y etnia;
vi) agregan una visión dinámica del fenómeno de la pobreza al
mostrar sus cambios en el tiempo, y vii) distinguen entre
diversas estrategias para salir de la pobreza por género.
Publicado en la Revista de la CEPAL 85. Abril
2006.
Primera Parte
Segunda Parte
Siguiente:
Las políticas ante la pobreza
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Notas
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